Leandro Morgenfeld es doctor en Historia y especialista en relaciones entre Argentina y Estados Unidos. Analiza el ataque a Irán como parte de un conflicto mundial híbrido y advierte sobre un escenario de desorden global.
Sus estudios, con énfasis en el vínculo entre Argentina y Estados Unidos y su impacto en las relaciones con otros países, convierten a Leandro Morgenfeld en un referente intelectual ineludible para opinar sobre el actual conflicto bélico con Irán. Es compilador, junto a Gabriel Merino, del libro Nuestra América, Estados Unidos y China. Transición geopolítica del sistema mundial, donde se desarrolla el concepto de guerra global, híbrida y fragmentada en el que puede enmarcarse la guerra que actualmente tiene en vilo al mundo.
–¿Cuáles son los objetivos últimos por los cuales Estados Unidos emprende la guerra contra Irán y qué intereses estratégicos están en juego más allá de recursos naturales como el petróleo?
–Trump se vio empujado por Netanyahu, que en febrero le vendió un plan con un supuesto éxito rápido y asegurado, al estilo, en algún sentido, de lo que pasó en Venezuela. El plan consistía en que el asesinato de Jamenei y otros líderes políticos de la República Islámica de Irán, sumado a la crisis económica forzada por las sanciones que viene sufriendo Irán y las fuertes protestas de enero, iba a forzar un levantamiento popular. Eso le iba a permitir a Estados Unidos e Israel derrotar al principal enemigo de Israel en la región y a los chiitas en general, y avanzar en los proyectos expansionistas de Israel con el control de Estados Unidos. Semanas después, la resistencia iraní desbarató ese plan.
La disputa de fondo es que Trump intentó revertir el declive económico relativo de Estados Unidos y volver a ser la potencia hegemónica subordinando a sus aliados –caso Europa, Japón, Corea del Sur o Canadá– y tratando de evitar que emerjan otros polos de poder como China, Rusia, India, los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái. A su vez, intenta recuperar un liderazgo político en un contexto en el que viene cayendo en las encuestas y perdiendo elecciones en estados tradicionalmente republicanos como Texas, y aparece cada vez más cuestionado por la guerra y la inflación en Estados Unidos.
–¿Cuál es la relación de fuerzas real en el conflicto bélico?
–Lo que se ve a primera vista es un conflicto muy asimétrico desde el punto de vista militar. Estados Unidos sigue siendo la primera potencia militar a nivel global, e Israel contra Irán también presenta una asimetría absoluta. Sin embargo, el gobierno iraní, incluso habiendo perdido algunos de sus principales líderes, se mostró sorprendentemente resistente al plantear una guerra asimétrica, una regionalización del conflicto y al avanzar con algo que siempre había sido una amenaza y su posible carta de triunfo: controlar y cerrar el estrecho de Ormuz de manera exitosa.
No está cerrado, pero Irán decidió que no pasen los buques petroleros de Estados Unidos, Israel y sus aliados, y deja pasar los de China, Irán y Rusia; negocia con otros países, cobra un peaje geopolítico y exporta más que antes. Ello le permitirá, en parte, financiar la reconstrucción de Irán si se logra avanzar con acuerdos de paz. A su vez, sostiene una capacidad de misiles que demuestra que Estados Unidos no es invencible desde el punto de vista militar. Incluso derribó el F-15, varios helicópteros y logró impactar sobre un portaaviones. Hace tiempo que, en un conflicto bélico, Estados Unidos no tenía tantas pérdidas militares.
–¿A qué te referís cuando hablás de guerra mundial, híbrida y fragmentada?
–A que estamos en una guerra global, solo que es una guerra mundial que se va dando en partes y que no es meramente convencional, tal como imaginábamos durante el siglo XX una tercera guerra mundial con el enfrentamiento entre dos grandes potencias. Es una guerra híbrida porque tiene varias dimensiones: económica, comercial, financiera, tecnológica, comunicacional e ideológico-cultural. Es fragmentada porque es una guerra que ya está ocurriendo desde hace varios años y en la que se enmarcan el conflicto de Medio Oriente, el conflicto entre Rusia, Ucrania y la OTAN, y el ataque contra Venezuela del 3 de enero, autoatribuyéndose Estados Unidos la potestad de bombardear la capital de un país sudamericano y raptar a su presidente en funciones.
Así como viene haciendo con el asedio contra Cuba y Panamá para el control del canal, la intención de anexar Groenlandia o el proyecto del Estado 51. Todo es parte de una guerra mundial híbrida y fragmentada en la que Estados Unidos pretende, con el poderío militar y financiero-monetario que aún conserva, revertir el proceso de declive productivo y tecnológico en el que China y otros actores ya son mucho más importantes a nivel global. Hoy el grupo BRICS representa, en términos de PBI, más que el G7. China sola tiene un PBI industrial mayor que la suma de Estados Unidos, Alemania, Japón y Corea del Sur. A su vez, es el principal socio comercial de más de 150 países, cuando hace treinta años esta primacía la tenía Estados Unidos.
–¿En qué posición queda América Latina?
–América Latina tiene dos opciones: la primera, alinearse con el polo de poder en declive en el mundo, que es Estados Unidos y sus aliados. Eso es lo que pretende Estados Unidos, que acaba de plantear el corolario Trump de la doctrina Monroe en diciembre de 2025: el hemisferio occidental como su única área de influencia. Milei, Bukele y Kast son muy funcionales a esa política de alineamiento total neocolonial con Estados Unidos.
La segunda opción es retomar estrategias de coordinación y cooperación política, avanzar con la integración regional y constituirse como un polo con voz propia en un mundo donde emergen actores que desafían a Estados Unidos: China, Rusia, India, Turquía, Brasil –a través de los BRICS– y Sudáfrica. Son cada vez más los actores con vínculos políticos, económicos, comerciales y financieros que plantean la necesidad de construir un nuevo orden multipolar. Estamos en un momento de caos sistémico, de desorden global, y urge que América Latina deje de pensarse como un sujeto pasivo y periférico, con la consecuente pérdida de capacidades económicas y políticas. En un mundo multipolar, debe tener una estrategia de desarrollo propia, necesariamente coordinada, para construir su voz.
–¿Qué consecuencias políticas, económicas y diplomáticas puede tener el conflicto en Argentina?
–Depende de cómo se resuelva. Si Estados Unidos logra controlar Medio Oriente sin oposición, podría frenar su declive hegemónico. Si, por el contrario, frente a las resistencias externas e internas, tiene que retroceder y aceptar que ya no puede ni siquiera abrir el estrecho de Ormuz ni garantizar la seguridad militar de sus aliados en la región, lo que se analiza es que este conflicto en particular, y esta segunda presidencia de Trump, no solo no van a “hacer grande a Estados Unidos de nuevo”, sino que pueden marcar el final de su poderío global y el cierre de una época.
En términos más cercanos, Milei está en una situación muy débil. Internamente, depende del apoyo de Trump, como se vio en las últimas elecciones legislativas. En el plano exterior, coloca al país en una situación de extrema vulnerabilidad al ubicarse como aliado incondicional y acrítico de Estados Unidos, en términos que no se vieron siquiera en las dictaduras, en las “relaciones carnales” de Menem o en el gobierno de Macri. Dice “estamos ganando” cuando no tiene ninguna capacidad militar para intervenir en un conflicto de estas características. Un debilitamiento mayor de Trump redundará en un debilitamiento de sus aliados en todo el mundo, y Milei puede resultar, en términos políticos y económicos, gravemente afectado.






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